miércoles 21 de mayo de 2008

Nuevo (viejo) periodismo



La nostalgia es perruñera. Mala. Chunga. Traidora. Es lo que decía Karina, pero un poco más complicado. Cualquier tiempo pasado nos parece mejor y eso. La memoria es una maldita disfuncional. Esa cosa de olvidar lo malo, recordar lo bueno, nos protege, sí. Pero también nos convierte en unos imbéciles, no sólo capaces de tropezar mil veces con la misma piedra, sino deseosos de cocinar esas mismas piedras con chorizo, manteca y tocino, con la ilusión de lograr comernos una sabrosa fabada.

La nostalgia es como un espejo de boutique (esos que adelgazan): al malhumorado lo convierte en un tipo con mucho carácter, al jeta en un figura, al asocial en un tímido, al ... así infinitamente. La nostalgia me ha jugado a mi muchas malas pasadas. La última ha sido olvidar las razones por las que dejé el periodismo: horarios imposibles, salarios vergonzosos, condiciones inaceptables. Y llevaba ya una buena temporada dándome duro con los flagelos de la culpa: que si el periodismo era mi verdadera vocación, que si nunca tenía que haberlo dejado, que si el mejor oficio del mundo, que si bla bla bla (creo que mi post-panegírico sobre El País tuvo mucho que ver con esa racha de autoinmolación) .

Resulta que hoy me invitaron a una maravillosa comida en un restaurante libanés (esto del restaurante libanés no aporta mucha información, pero me parece un detalle de color bonito - os acordais de Klinger?) dos amigos de Ponferrada que vinieros de visita a Londres: Carlos "Terciopelo Azul" y Luis de la Mata.

Luis de la Mata es fotoperiodista profesional (muy bueno, por cierto). Fue la primera persona con la que salí a ejercer de periodista a la calle. Me enseñó muchas cosas. Y le estoy infinitamente agradecida. Hoy, con mucha nostalgia, hablamos de aquellas mis primeras prácticas en el Diario de León. Y de aquella redacción de la Calle Ancha, que ya no existe, donde Ricardo Témez decía aquello de "Cuánto daño le ha hecho Lou Grant a esta profesión". Eché tantas y tantas horas de mis veranos, navidades y Semanas Santas, que me parece que trabajé allí durante años.

Pero después de hurgar en el siempre agradecido baúl de los recuerdos, Luis habló de cómo está la cosa. Habló de gente que tiene que darse de alta en autónomos para escribir media página, de treintañeros cobrando 700 euros brutos por trabajar de sol a sol, de reporteros gráficos sin cobertura social... de una industria que paga tarde, mal y nunca y que obtiene lo que da: informaciones de mala calidad, contenidos mediocres, basura mediática.

Y así fue como se evaporó la nostalgia. Ser periodista en España es una cruz, una temeridad, una osadía, una locura. Y yo no soy suficientemente pía, temeraria, osada y loca como para estrellarme otra vez contra el mismo muro.

Por cierto, Pepotes, nos acordamos de ti, pero con nostalgia de la buena.

sábado 10 de mayo de 2008

Fritzl, de Amstetten


Hubo un tiempo en que las noticias escabrosas se publicaban en un periódico llamado El Caso (de casuística). Sus lectores eran vistos como gente siniestra.

Gracias al amigo Fritzl de Amstetten, el mundo es estos días un lugar lleno de pederastas incestuosos. El caso del Carcelero (sic) es un caramelito para los medios de comunicación del mundo contemporáneo. Conjuga todos los elementos que colapsan los audímetros: sexo, violencia, sufrimiento, inverosimilitud –morbo. Un entretenimiento lamentable que nos dosifican con cuentagotas: que si les regalaba juguetes Fisher Prize a los hijos nietos, que si violaba a la chica el domingo después de ir a misa, que si pintó las paredes del zulo con Tintalux… Todo tipo de detalles esenciales para que podamos conocer las causas profundas de este hecho, que, según nos quieren hacer ver no es casuística: es una tendencia. Como réplicas de un brutal terremoto, aparecen historias aquí y allá de otros incestos y atrocidades consanguíneas.

Y el público, normal, está asustado. Y encantado. Ya no necesita refugiarse en la oscuridad de la noche para hablar palabras sucias. Ya no le hacen falta excusas para ver películas porno-gore. Las cadenas generalistas ponen una tres veces al día.

jueves 1 de mayo de 2008

El Routemaster y la Clase Trabajadora


El Routemaster es ese autobús rechonchito, rojo, de dos pisos, que durante todo el siglo XX fue uno de los grandes iconos de Londres. Tenía un vano trasero a través del que se podía acceder al autobús de un salto siempre y cuando el "conductor", ese supervisor con gorra -que nada tiene que ver con el "driver"- te dejase pasar.
Los londinenses tenían que elegir entre el hombre que retiró para siempre a los Routmasters de la circulación y un hombre que propone traerlos de vuelta. El hombre que los retiró para siempre de la circulación se llama Ken Livingstone. Es el candidato laborista al Ayuntamiento de la ciudad. El hombre que los quiere traer de vuelta se llama Boris Johnson y es el candidato conservador.

La elecciones se celebraron en el Día Mundial de la Clase Trabajadora. Y ganó Boris, un tipo que odia a los gays, a los negros y a los autobuses convencionales.

Se ve claramente que a la clase trabajadora le preocupa mucho poder llegar al trabajo. Si es en un elegante autobús rojo de dos pisos, mejor. Boris a currar va en coche.

miércoles 30 de abril de 2008

Resucitando al Milodón

Pues sí. Me he propuesto varias cosas: ser menos redicha, cocinar menos mis posts y resucitar al Milodón con una buena inyección de adrenalina. Londres me pone el cerebro a mil.

martes 22 de abril de 2008

Requiem por un periódico

Recuerdo cuando el ritual de placer de la mañana del domingo (cruasanes tostados, mermelada y mantequilla, zumo de naranja, café recién hecho) se colmaba leyendo el periódico. Recuerdo cuando el ritual de ir a por El País al kiosko era tan sagrado para mi como para otros lo es ir a misa. El desayuno me llenaba de dulces calorías, pero el periódico, ay el periódico; ese alimentaba el alma para toda la semana.

Comprarlo era como comprar uno de esos sobre sorpresa de las ferias, pero mejor, porque al abrirlo uno siempre se encontraba algo dentro que justificaba toda la emoción previa.

Recuerdo cuando El País era el periódico. Con mayúsculas. Al margen de ideologías y líneas editoriales, en ese periódico (con mayúsculas) había todos los ingredientes necesarios del buen periodismo: tensión narrativa, calidad literaria, temas sorprendentes, enfoques distintos, columnistas inteligentes/irónicos/divertidos/sarcásticos, grandes fotógrafos, polémica, seriedad y a la vez sentido del humor. Aquel periódico era un ser vivo. Podías escuchar perfectamente su corazón acelerado, excitado de curiosidad por el mundo. Y la tinta que corría por sus venas tipográficas, hacía circular la sangre en las tuyas.

Aquel periódico era tan bueno que no había otro mejor. Tan bueno, que a los lectores de El Mundo les daba vergüenza admitir que lo eran. Tan bueno, que se convirtió en un mito.

Y ahí empezó el problema. El mito, borracho de autocomplacencia, empezó a ser demasiado consciente de su leyenda. Y en lugar de mirar hacía el exterior, como siempre había hecho, empezó a mirarse al ombligo. Poco a poco, de tanto recordarse se olvidó de si mismo. Se olvidó de las verdaderas razones que lo hicieron grande en su día: la pasión, la frescura, la integridad. Perdió los grandes temas, la vitalidad. La grandeza.

Ahora El País, aquel diario, no sólo está mal escrito –he visto faltas de ortografía inauditas en otros tiempos- sino que es aburrido, gris, repetitivo, inexpresivo. Ya no respeta la inteligencia de sus lectores, ya no es punzante, excitante, divertido. Ya no es buen periodismo. Es periodismo a secas.

En fin, El País ha muerto. Larga vida a The Guardian.

miércoles 13 de junio de 2007

¿Emprendes o trabajas?


Como Granada, Santiago de Compostela es una ciudad turística, con un casco antiguo patrimonio de la humanidad que permanece inmutable desde hace siglos. Un lugar donde el clero todavía tiene una presencia apabullante y las cuitas más pueblerinas –en el mal sentido de la palabra- marcan el pulso de las calles. Sin embargo, Santiago era hasta hace bien poco en Galicia, un bastión progre –en el buen sentido de la palabra-. Una ciudad donde los nacionalistas y los sociatas conseguían converger en sus postulados más “sociales” y generar experimentos de civismo ejemplar. En los últimos años, los socialistas hasta habían conseguido domesticar a las cedillas y las emes (revoluçom!) a favor de la conviviencia.

Pero en las últimas elecciones, una parte de los compostelanos que habían depositado su confianza en un alcalde con cara de ratón y pintas de paisano apellidado Bugallo, le han dado su voto a un hombre con cara de empresario y pintas de inversor, apellidado Conde.

Quizá Bugallo debería haberse disfrazo de emprendedor agresivo, con traje de chaqueta gris, gran corbata de rayas coloridas, reloj-paellera y una voluptuosa media melena. Ése es el perfil del nuevo triunfador. Los ciudadanos adoran ese perfil. Los ciudadanos aspiran a ese perfil. Los ciudadanos ya no quieren creer en el programa de la igualdad y la redistribución de la riqueza. Los ciudadanos en lugar de luchar desde su condición real mayoritaria –la de asalariados- por la consecución de sus derechos y la mejora de sus condiciones, prefieren amarrarse al sueño del que tanto se habla últimamente, el sueño del autoempleo.

A los pobres ciudadanos nos venden últimamente una nueva solución a nuestra miserias laborales: emprender. Quien emprende, triunfa. En el siglo XX se contemplaba con admiración y reverencia a los valientes mineros que se dejaban la piel en el tajo. El emprendedor es el héroe del siglo XXI. Es un echado p’adelante, un visionario, un loco, que arriesga su integridad económica para dar de comer a otros, ¡para generar empleo!.

Y lo mejor de toda esta quimera es que todos, absolutamente todos, podemos ser emprendedores. Todos podemos llegar a enriquecernos. Todos podemos llegar a tener el coche, el reloj, el traje y el peinado de Gerardo Conde Roa. Eso nos dicen desde los ministerios, las consellerías, los ayuntamientos –el de Bugallo, también-, donde se crean departamentos específicos para dar respuesta a las necesidades de los nuevos emprendedores. Y se ponen en marcha programas de ayuda Do it yourself. Crea tu propio negocio. Te damos una cantidad de dinero ridícula para generar una estructura empresarial ridícula, desde la que es imposible generar empleo en unas condiciones medianamente dignas. Te ofrecemos créditos que no distan mucho de las famosas hipotecas a 50 años. Y sobre todo, cuando consigues que tu empresilla dé sus renqueantes primeros pasos, nos hacemos la foto contigo, que es lo importante.

Los capitalistas –que no los emprendedores- ven así dibujado un panorama ideal: trabajadores ofreciéndoles los servicios de siempre pero menos coste social que nunca.

Seguro que Conde Roa nunca pidió una ayuda para crear una empresa. Pero tiene mucha pinta de empresario. Llámenme loca, pero yo creo que justo por eso, muchos compostelanos le han votado.

jueves 10 de mayo de 2007

Don't believe the hype

¿Habeis estado en Granada? Yo sí. Este puente de mayo. Qué bonita es Granada. Tiene ese encanto de las ciudades de postal. No es extraño que se esté promoviendo con tanto ahínco el nombramiento de la Alhambra como nueva maravilla del mundo.
Ay, el Albaycín. Que si una maceta por aquí, que si un enrejado por acá, que si un gitano con su guitarra por allá… Muy bonica Granada. Sus míticas tapas, su cerveza, sus millones de guiris deambulando por las calles, sus cientos de millones de pies negros sentados en las plazas, su ambiente pop aflamencado, su falsa bohemia.

Las ciudades como Granada son la máxima expresión del movimiento Bo-Bo. Que nadie se ofenda, que Bo-bo es el acrónimo para Borguoise-Bohemian. Ahora que se ofenda quien quiera. Yo también vivo en una ciudad bo-ba. Las reconozco a kilómetros. Seguro que a los que vienen de las grandes ciudades impersonales, con planta de retícula y edificios perfectamente rectangulares les encanta imaginarse cómo sería vivir en un casco antiguo medieval y ganarse el pan como artesanos alfareros. Seguro que creen que frente a la uniformidad de sus vidas en las urbes capitalistas por antonomasia está esa vida auténtica, destecnificada, plenamente humana que precedió al siglo XX. A mi también me gusta pensar que en nuestra Europa hipercivilizada aún queda algún rincón virgen, donde no llegan las ondas electromagnéticas. Pero la realidad es que hasta en esos agujeros de madera y piedra, que huelen a cúrcuma y a hachís, con espacio chill out y baño y cocina comunal, de a 18 euros la noche, hay conexión wifi veinticuatro horas al día. Y que la mayor parte de los hippies, o se dan una ducha con agua caliente al terminar el día o no se lavan, pero tienen un móvil de última generación.

Una vez más, es tan difícil escapar a las garras del bienestar… lo cierto es que los pocos valientes que consiguen zafarse de ellas, quieren tenerlas cerca, por si se cansan. Nos gusta pensar que podemos lidiar con lo extremo, enfrentarnos a lo salvaje. Que se lo pregunten a los que fueron a ver a los Horrors a la Sala Moby Dick esta semana (leed las crónicas pulsando sobre el link). Que cuando se trata de pintarse el ojo de negro, ponerse muñequeras y vestirse underground todos somos muy malos. Cuando la cosa va de hablar de lo brutal que era ese tipo que se colgó de una soga en la cocina o de lo auténtico que era aquel otro que escupía al público, todo va bien. Pero cuando el Londres del 77 llama a la puerta de verdad, y un salvaje verdadero, colocado hasta las cejas, arranca la bola de espejos del techo y se cuelga de los focos, como un Sid Vicious contemporáneo, cunde el pánico. Así que no creais en el hype. The Horrors son punkis, sí. Pero su público prefiere tenerlos acorraladitos y a buen recaudo dentro del Ipod.

Que por cierto, ayer me enteré que ya hace un año que Apple sobrepasó la frontera de los 100 millones de reproductores de MP3 vendidos y que Nokia ha vendido ya 200 millones de terminales de su modelo de móvil 1100. ¿Os imaginais toda esa basura electrónica puesta en una pila? Menuda montaña de mierda. Eso sí que es una nueva maravilla de la Humanidad, y no la Alhambra de Granada.

domingo 15 de abril de 2007

Como nueva

He vuelto. Estoy como nueva. Me ha costado un mes superar la crisis cumpleañera, pero lo he hecho. Menos mal que en este medio tiempo abrieron Blanco en Santiago. Si, Blanco, la boutique frivolera donde todo es de lunares, cuadritos vichy y corazoncitos. Ya sé que si me oyese la famosa escritora Sara Mago (gran amiga de Carmina Burana) cantar las excelencias de la evasión a través del consumo, no estaría muy de acuerdo y me diría todo ese tema de que en las grandes superficies comerciales sólo vemos las sombras del mundo real, que son enormes cavernas donde se representa una continua pantomima. Pero yo creo que en tiendas como Blanco pasa todo lo contrario. Son un reflejo tan fiel, tan exacto de nuestro mundo, que entrar en ellas es un pequeño espectáculo. Gente comprando compulsivamente, trabajadoras en precario currando un millón de horas a cambio de un ínfimo salario e incentivos en especie (ropa), estrellas mediáticas “diseñando” colecciones a cambio de cifras indecentes, imitaciones de bajo coste del lujo de coste alto, permanente revisionismo nostálgico de modas pasadas, aire acondicionado a todo meter, música pretendidamente sofisticada, ropa hecha con petróleo… ¿Habéis visitado la sección de zapatos y complementos? Al entrar en ella y respirar esa bocanada de aire sintético que lanzan miles de zapatos de a once euros el par, uno no puede evitar pensar en los talleres chinos donde chicas de la misma edad que las dependientas trabajan también millones de horas, igualmente motivadas por los incentivos en especie (cama y comida). Cuando entro en estas tiendas y contemplo ese espectáculo de colores y charoles me doy cuenta de que la humanidad tiene un problema muy gordo: es imposible escapar a las garras del pret-a-porter. No sé qué tiene ese maldito teatro de lo real que te relaja, te adormece, te evade y te deja como nueva…

martes 13 de marzo de 2007

La Edad de los Tópicos

En el amor no hay reglas. Pleitos tengas y los ganes. La victoria tiene mil padres y el fracaso muere huérfano. Dios castigó al hombre con trabajo. No somos nadie. La vida es lucha. Los años pasan volando. No hay rival pequeño.

Cuando uno es un chaval, escucha estas frases a los mayores y no las entiende: parecen mantras absurdos, un bla bla continuo, propio de los desencantados. Uno piensa, “eso no va conmigo”, “conmigo no pueden”, “yo seré diferente”.

De pronto, un buen día te enamoras de quien no debes y te ves obligado a traicionar confianzas, porque en el amor no hay reglas. Alguien traiciona tu confianza y te ves obligado a echar mano de un picapleitos y entiendes el por qué de la maldición gitana. Como perdedor te encuentras más solo que la una, porque la victoria tiene mil padres y el fracaso muere huérfano y te das cuenta de que no queda más remedio que seguir tirando, y que igualmente mañana sonará el despertador para levantarte a las ocho e ir a tu impersonal oficina, a cumplir con el castigo divino del trabajo, a seguir luchando con la vida. Así, luchando y enfrentándote cada día a nuevos rivales, que nunca son pequeños, los años pasan volando y se llevan de tu lado a los que quieres, porque no somos nadie. Y qué le vas a hacer. El fútbol es así.

La Milodona ha llegado a esa edad en la que no sólo entiende las frases hechas, sino que empieza a echar mano de ellas. Hoy cumple años y se siente mayor. No está muy contenta con lo que ha hecho hasta ahora. Es muy inconformista. Pero precisamente por eso aún tiene ganas de luchar: para que su vida no se convierta en un tópico.

Feliz Día del Milodón.

martes 6 de marzo de 2007

Eterno Retorno

Hace poco estuve vagando por Madrid durante un día entero. En cada marquesina, en cada esquina, en cada escaparate de cada centro comercial o pequeño comercio allí estaba: Kate Moss. Con un bolso de Louis Vuitton, con una gabardina Burberry, con un carmín de Rimmel, con un pañuelo Hermes, con unas botas Versace. En cada kiosko, en cada revista, en cada periódico, me aparecía esa cocainómana elevada a diosa de la nada. Posando en los anuncios, protagonizando las noticias, llenado las revistas. Si no era ella, era George Clooney, o la séptima resurrección de Audrey Hepburn, o Penélope Cruz, o la madre que parió a de Juana Chaos.
Somos más de seis mil millones de habitantes en la tierra. Pero si hacemos caso a los que cada día nos cuentan los medios, parece que somos cien personas. Como mucho. Las economías de escala dibujan un paisaje cultural monótono y deprimente. Los columnistas de referencia, son los que escriben best sellers, en los que se basan las grandes películas, que protagonizan los grandes actores y modelos que monopolizan la publicidad y los contenidos de las grandes publicaciones, donde escriben los columnistas de referencia, que son los que escriben best sellers, en los que se basan las grandes películas, que protagonizan los grandes actores y modelos…
Es un eterno retorno idiotizante.

Hace poco me propusieron un reto interesante: me dieron la oportunidad de pensar con qué firmas de prestigio llenaría yo una publicación de referencia. La desoladora realidad es que al cabo de tres días de estrujarme los sesos, los nombres que se me venían a la cabeza, incluso poniéndome muy postmoderna y negadora de mayores, eran los de siempre (sí, vale, ¿qué significa de prestigio?. Sofismos no, por favor). Hagan la prueba. Empezando por Javier Marías y terminando por Quim Monzó, díganme nombres de potenciales “firmantes” que no estén más quemados por el uso que el cenicero de un bingo.

Al regresar a casa, iba yo "tranquilamente" sentada en mi plaza Vueling -de esto hablaremos otro día-. Las dos publicaciones que la compañía brindaba gentilmente a sus pasajeros eran la revista Cinemanía y la edición española de Rolling Stone. Una revista de cine (sic), una revista de música (sic). Los protagonistas y contenidos de las noticias y reportajes en cualquiera de las dos eran exactamente los mismos. No hablemos ya de los anuncios y anunciantes. Una tristeza.

El domingo leí en la columna de Joaquín Estefanía –una firma de prestigio-, que algunos medios de comunicación ya están deslocalizando –que es el eufemismo que se usa ahora para lo que antes se llamaba dumping social- sus redacciones de recurso, de manera que muchos contenidos de revistas que leemos en Europa han sido redactados por indios (de la India). Está claro que no hace falta un redactor patrio para escribir que Pete Doherty le hizo fumar marihuana a un pingüino. ¿A que no es necesario que le explique a nadie que Pete Doherty es el novio de Kate Moss?


P.D
Si visitan Madrid en próximas fechas no se olviden de ir a una librería increíble llamada Pantha Rei. Y un denle un beso a Aguedina de mi parte.